La confusión habitual
Es fácil entusiasmarse con una alianza cuando ambas partes aportan algo visible: mercado, capacidad, activos, relaciones o capital. En la superficie, la lógica parece convincente. Dos organizaciones se unen, comparten riesgo y aceleran una oportunidad.
El problema aparece después, cuando la conversación que parecía estratégica nunca terminó de resolver lo esencial: quién decide, cómo se reparten los beneficios, qué ocurre si las prioridades cambian, cómo se administran los desacuerdos y bajo qué condiciones puede cerrarse o transformarse esa relación.
La alianza parecía una solución. En realidad, seguía siendo una estructura mal planteada.