La confusión habitual
Es habitual tratar una transición como si bastara con señalar un sucesor, definir fechas o mover responsabilidades de un lado a otro.
Esa conclusión suele ser insuficiente.
Eso puede ser necesario, pero casi nunca es suficiente. Una transición mal planteada puede dejar intacta la dependencia del fundador, trasladar autoridad sin legitimidad, monetizar parcialmente sin ordenar el patrimonio, separar a una persona del cargo sin redefinir su influencia real o abrir una sucesión sin haber aclarado antes qué parte del problema es patrimonial, cuál es directiva y cuál pertenece al gobierno del sistema.
La transición opera en varios planos al mismo tiempo, aunque muchas veces se intente reducirla a uno solo.