La confusión habitual
Cuando una empresa entra en tensión de caja, prepara una expansión o evalúa una adquisición, la conversación suele comprimirse demasiado rápido. Aparece una urgencia financiera y, con ella, una inclinación casi automática a pensar en deuda, en un inversionista o en cualquier mecanismo que permita cubrir la necesidad inmediata.
El problema es que esa reacción mezcla planos distintos. Una cosa es la necesidad de recursos. Otra, la estructura que esos recursos impondrán. Otra, el costo real de esa estructura en términos de control, garantías, covenants, expectativas de retorno o margen de decisión después del cierre. Cuando todo eso se resume en “necesitamos capital”, el análisis empieza tarde.